CONFERENCIA SEMANAL
LA HISTERIA Y LOS SUEÑOS
Capítulo V
PROCESO DE LA CREACIÓN
MUJERES Y CREACIÓN
Hablar de mujeres y creación, nos hará pasar por un lugar inevitable, la historia de la mujer con el amor; y esa historia puede arrancar en aquel lejano y aún vigente banquete de Platón, donde un hombre, Sócrates, en una reunión de hombres, traerá el pensamiento de una mujer; Diótima.
La mujer de Mantinea nos es presentada en esa obra como extranjera, sacerdotisa y maga, como una sabia en asuntos de brujería. También se nos dice de ella que había logrado con sus artificios alejar por diez años la peste de Atenas.
Sócrates en El Banquete le pregunta a Diótima, si el amor no es bello, ¿quiere decir que es feo? Ella responderá: ¿y por qué todo lo que no es bello ha de ser feo? y apoyará estas palabras narrando el mito del nacimiento del amor.
Este mito, que ella hablará o mejor dicho que el autor del texto, Platón, pondrá en su boca.
Desde allí Eros, el amor, será hijo de Poros y de Penia.
Poros se traduce como astucia, medios o recurso. La madre del Amor es Penia, la pobreza, aún la miseria, destacándose en el texto, que lo que ella conoce bien, es la aporía o sea que, ella está sin recursos.
Esto, es lo que pobreza, miseria, Penia sabe de sí misma, que en lo que hace a los recursos ella no los tiene.
He aquí a la aporía hembra, en tanto aporía nos remite a callejón sin salida, a falta de recursos, frente a Poros, el recurso.
Hay algo hermoso en este mito. Para que Penia engendre al Amor con Poros, es necesario en Penia-Aporia, una actitud vigilante, activa. La aporía tenía los ojos bien abiertos, había venido para la fiesta del nacimiento de Afrodita y se había quedado en los escalones cerca de la puerta. No había entrado, porque era quien era, la que no tenía nada para ofrecer.
Poros después de haber disfrutado de la fiesta y en estado de ebriedad, se duerme y permite a Penia hacerse embarazar por él. Tener ese vástago que se llama Amor y cuya fecha de concepción coincide con la fecha de nacimiento de Afrodita. Por eso el amor tendrá siempre que ver oscuramente con lo bello.
En el mito narrado por Diótima lo masculino, Poros, es deseable y lo femenino, activo. Y cuando formulamos, en psicoanálisis, que el amor es dar lo que no se tiene, nos referimos a eso, de lo que habla el mito. Ya que la pobre Penia, Aporía, por definición, por estructura, no tiene nada que ofrecer, más que su falta, aporía constitutiva.
Hoy en día vivimos un tiempo donde a las mujeres se nos demanda un lugar de igualdad en el sexo, en el trabajo y hasta en las guerras.
Acostumbradas a hacer el amor y cuidar de él, de su procesamiento y su plenitud, se nos presenta desde hace dos siglos (momento en que la mujer entra en el trabajo social por necesidades de la producción), como seres sumamente paradojales a quienes hacer el amor o hacer la guerra les da casi lo mismo.
Seres paradojales desde un punto de vista óptimo aún a finales del siglo xx, el único punto de visión desde donde el mundo de los humanos es analizado, el ojo masculino.
Así ante demandas que vienen desde mundos inhabitados históricamente por las mujeres, por lo tanto inhabituales para ella que siempre vivió en familia y sometida a sus costumbres como si fueran leyes. O sea desde un entorno rígido y mítico y sobre todo repetido y previsible, las mujeres pasan de lo social-mítico a lo social histórico.
Hoy en día no es de excepción la participación femenina en diversos aspectos de la producción social.
¿Todo va bien, entonces?
Hay algo que se niega y reniega en la transformación del Hacer femenino; las características de su imaginarización.
Desde el Psicoanálisis sabemos que la diferencia entre la mujer y el hombre no es tal diferencia y que las relaciones sexuales proporcionan momentos de fusión donde Ella es él o ella y El es ella o él.
Donde la energía del deseo encuentra un destino y sus desvíos. Donde la Poesía se nos aparece más allá de los versos como función creadora en un ser parlante, Mujer y Creación se parecen, se encuentran y se enlazan en un lugar de lo humano donde el exilio es lo permanente.
Descentradas de un estado vigente, también un estilo, que los hombres fueron capaces de planear por nosotras, la mujer como el poeta busca a tientas en un mundo diferente y desconocido, donde la imaginarización reproductiva se torna en productiva y producción.
Por suerte nosotras ya no seremos George Sand y nuestras vestimentas gozan del unisex. Pero a la mostración universal de las posibilidades productivas y creadoras de las mujeres, le falta algo: el cuerpo de la mujer.
Nuestros cuerpos de mujer donde se han transmitido por siglos las maneras placenteras y reproductivas de la familia.
Allí Creación y Reproducción se confunden en un producto que nunca nos pertenece más que como especie.
Fuera de casa el mundo sigue siendo ancho y ajeno.
Hablar de Mujer y Creación será entonces, después de hablar del amor, culto al que las mujeres hemos sido consagradas, hablar de un mundo más allá de lo necesario, donde lo necesario ha dejado de oprimir.
Un más allá, un otro del Otro donde la Poesía como la más eficaz función del Lenguaje y Mujer, como ausente de él, se acercan y se asemejan en un descentramiento, un fuera de, capaz de la fantasía y la creación.
La poesía y la creación implican el descentramiento.
Una poesía que más allá de las exigencias y refinamientos de la expresión, no se resigna a permanecer dentro de los límites de la literatura como género literario para adornar ideas. Una poesía que parentiza la Razón para nombrarla sueño y desde el sueño inventó otra mirada que permite acercarse más a la realidad que a la razón. Se identificó con la vida y desde la Vida denunció, llegando a ser una ética «si la claridad del sol que madura el pan de los hombres puede llamarse ética».
Poesía que desafía al silencio, a lo desconocido, para ser mostración, puesta en escena, exhibición, testimonio, de lo que del hombre perdura en el Lenguaje.
La poesía es así eficacia de la historia humana, su inscripción brotando con la fuerza de una pasión, ejercicio ambiguo y ambivalente, estacionamiento en otro tiempo, aquel estar fuera-dentro, descentramiento que permite otra manera de conocer.
Cuando la Poesía es escritura, cuando más que el trazo es el tiempo del trazo.
Inconsciente de su magia
ella alborotaba
con sus manos de niña.
Él sonreía meditando,
-los ojos nítidos-.
Esa necesidad de atrapar el instante
intentando incrustar
una voz
en el viento.